La reunión fue parcial: Slayer no se involucró en grandes giras mundiales ni se comprometió a grabar discos nuevos. En cambio, la actividad del grupo que definió al thrash metal se trata de algunas fechas seleccionadas, en festivales o como cabeza de cartel. El 21 de octubre se presentarán en la Ciudad de México, en el Palacio de los Deportes, en el marco de la gira Posmortem por el 40 aniversario de uno de sus mejores álbumes, Reign in Blood.

No hay fórmula fija para crear un disco que quede en la historia y suba la vara de un género musical hacia el futuro, y si hay un elemento común entre creaciones discográficas extraordinarias, es el hecho de que no fueron creados pensando en la posteridad; Reign in Blood (1986), de Slayer, no es la excepción. En el año de su lanzamiento, el alcance masivo del heavy metal aún se estaba definiendo, al igual que los límites de la brutalidad sonora sumada a letras explícitamente violentas.

Dominaron por contraste, mientras Metallica iniciaba su camino hacia la popularidad total, Slayer se propuso hacer el disco más extremo posible, y no sólo en relación con sus pares; Reing in Blood significó un avance más allá de la velocidad, por ejemplo, la ausencia del efecto reverb ayudó a delinear su versión definitiva.

Es un disco que resume una época del metal durante 28 minutos 52 segundos en los que confluyen varios elementos: la música hardcore de la costa oeste, cortesía del blondo guitarrista Jeff Hanneman, que insistió en que sus compañeros escuchen a bandas como Dead Kennedys. Otra innovación fue la forma de aporrear la batería de Dave Lombardo, nacido en La Habana, que tocó con precisión, pero también con un sentido del ritmo, del swing, desconocido hasta el momento en el thrash metal.

Intentaron que las letras sean tan pesadas como la música, inclusive narrando los horroríficos asesinatos nazis del doctor Menguele, a quien calificaron como “carnicero infame”, en la canción Angel of Death. Fue una narración chocante para una porción del público y a su vez un ejemplo de las letras de Slayer, cantadas por Tom Araya, que cuentan con un imaginario poblado de demonios, en el que el accionar humano es tan deplorable como el inframundo.

La indudable reacción del público a sus conciertos llamó la atención de grandes compañías discográficas, y terminaron editando con Def Jam, un sello de hip hop que impulsó a Beastie Boys, y a pesar de que un grupo de metal firmando con raperos era algo nuevo, confiaron en Rick Rubin, un productor que los buscó en repetidas ocasiones y podía estar al frente del sello y detrás de la consola de grabación.

Un video inédito del grupo ensayando el disco hace 40 años fue subido a YouTube el 1º de mayo; en él se puede ver a Slayer tocando en una sala subterránea, con amigos que disfrutan de varios packs de 12, mientras Hanneman lleva una pegatina con el logo del grupo D.R.I en su guitarra Jackson negra y Lombardo una remera de AC/DC, se observa a una banda transformarse en una bestia implacable.

Ya no estaban ni Hanneman, muerto en 2010, ni Lombardo, que abandonó el grupo tras sentirse estafado con los pagos; la formación actual de Slayer incluye a Gary Holt en guitarra y a Paul Bostaph en batería. Su despedida en el 2019 fue gloriosa, una gira sold out que culminó con un Madison Square Garden explotado. Los motivos de la separación: diferencias ideológicas entre los dos integrantes originales, Kerry King y Tom Araya, que también argumentó querer pasar tiempo con su familia. Unos años de