En la vigilia, la muerte, la vida y el sueño, no hay tiempo. Muertos y vivos transitan en el mismo espacio. Los momentos se repiten, se intentan subsanar, olvidar y recordar. Todo sucede en un abrir y cerrar de ojos; cuando al recostarse, la mente vuela; donde la realidad es tan aterradora que volver a dormir es el deseo, volver a soñar y despertar en un entorno diferente.
En Dios le guarde su hora, de Blanca López Arzola, el tiempo está suspendido y en movimiento. Juana, la protagonista, camina en círculos, siempre en círculos, porque su realidad está cercada, porque en el desierto se convive con los muertos, con la tierra seca, con las fosas comunes, la orfandad, la violencia y la ausencia de oportunidades de trabajar, de sembrar, de vivir en familia.
Blanca López Arzola sabe bien lo que es la vida en el desierto; antropóloga y dramaturga, originaria de Parral, Chihuahua, nos habla de vidas fragmentadas entre la neblina del recuerdo, las ganas de volver a vivir y cambiar, cambiar lo que ya fue. La autora sumerge a sus personajes en este ambiente, en estas condiciones de vida, y lo que nos proyecta es su humanidad. Desde los anhelos y el ensueño de Juana, los personajes van y vienen, vuelven y circulan una y otra vez por el mismo espacio; el de la muerte y la memoria.
Dios le guarde su hora ganó el Premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo 2025, y en coproducción con el Centro Cultural Helénico y la Compañía Nacional de Teatro es llevada a escena en el Foro la Gruta, bajo la dirección de Juan Carrillo. En una atmósfera brumosa, donde un círculo marca el límite y a la vez indica ese movimiento infinito en el que sucede la obra, los actores de la compañía potencializan las vivencias.
Judith Inda, es Juana, la misionera que va en busca de Ernesto, su ahijado, queriendo intervenir en los hechos; repetir y sufrir en ese transitar sin principio ni fin. Desde la profundidad del personaje, la actriz nos transmite su dolor y su deseo; sentimientos que se complementan y se contradicen a la vez. Ernesto García en el papel de Ernesto niño y Ernesto adulto, magnifica la realidad de estos dos personajes. Con el niño, que es un títere manipulado por él, nos muestra la inocencia y la fragilidad, desde su voz. Ernesto adulto es un personaje que padece la adversidad del desierto, del crimen organizado y la carencia, y el actor lo proyecta desde su propia carne. Ernesto, el ahijado, quiere irse de jornalero, y a la vez, en esta niebla de posibilidades, emprende un viaje para pedir semillas, para sembrar y agotar la última esperanza. Rodolfo Guerrero es el padre, el que cayó de un barranco, el que violentó al niño, el que arrincona y agrede a la misionera, y a la vez es el que canta una canción de Los Bukis. Rodolfo Guerrero, vestido de vaquero, no cae en el estereotipo y, con un gesto, un grito o un movimiento contenido que aprisiona el cuerpo o la garganta de Juana, nos transmite ese poder, ese placer de ser feroz con los otros y también ser víctima de un accidente.
Porque una de las inspiraciones de Blanca López Arzola es un accidente en la sierra donde un camión cae a un barranco, y a partir del hecho, la autora transmite su experiencia y conocimiento como habitante de esa región desde un corazón compasivo y empático. Omar Silva interpreta con precisión y fuerza al Halcón, el sicario, narco, criminal, el que vigila el territorio con su rifle, y amenaza y hostiga.
Julián Carrillo, el director, crea los efectos ambientales y sonoros a vistas, y Omar Silva es el que toca la guitarra, el que riega el humo en el que siempre deambulan los personajes, o las piedras que mueve en una batea. El director añade un espacio simbólico detrás de un ligerísimo plástico transparente donde vemos las sombras de los personajes y su movimiento casi etéreos. Logran transmitirnos esa atmósfera entre el sueño y la realidad, entre los vivos y los muertos; ese deambular en círculos y vivir en un tiempo trastocado. El resultado es una propuesta escénica envolvente y poderosa que nos deja un desasosiego en el alma al ser testigos de un desierto lleno de muertos, deshumanizado y precario.
Dios le guarde en su hora es una frase popular que se les dice a los que van a morir deseándoles una buena muerte, y así están los personajes en esta obra: muriendo y viviendo una y otra vez en un ciclo escalofriante.
