En la comunidad de Chabihau, en el sureste mexicano, sobreviven los manglares como guardianes silenciosos de la población costera. Durante años han enfrentado serias amenazas, entre ellas, desmontes, cambios de uso de suelo, crecimiento urbano y el impacto de fenómenos naturales que arrasaron con buena parte de esta vegetación. Sin embargo, tras décadas de trabajo comunitario, comienzan a recuperar vida entre el agua salobre y los troncos que alguna vez quedaron secos.
Esto se ha logrado con la labor de mujeres y hombres de la comunidad que, al reconocer la importancia de este ecosistema, decidieron organizarse para restaurar su ciclo de vida, no sólo por su riqueza natural, sino porque funciona como refugio para el desarrollo de múltiples especies marinas y como una barrera de protección frente a inundaciones y huracanes, cuya temporada en el país ya comenzó.
No fue rápido. Han pasado casi 30 años desde que se iniciaron los trabajos en esta zona costera de Yucatán, pues el desafío no sólo implicó reforestar, sino también recuperar el flujo natural del agua y modificar la topografía del terreno para que el ecosistema volviera a encontrar su equilibrio, explican pobladores que participan en el proyecto.
En Chabihau, un puerto pesquero con poco más de 300 habitantes que se ubica a una hora y media de Mérida, el recuerdo de los huracanes Gilberto (1988, categoría 5) e Isidoro (2002, categoría 3) sigue presente. Las historias todavía circulan entre ellos cuando hablan del mar embravecido y las inundaciones que transformaron sus vidas.
Hasta entonces, cuentan, la gente estaba acostumbrada a los vientos nortes, lluvias intensas y tormentas tropicales. Los huracanes eran vistos como fenómenos que podían resistirse sin demasiadas consecuencias. Sin embargo, tras el paso de Gilberto y luego de Isidoro, que remató los daños, se rompió esa percepción.
Las inundaciones alcanzaron viviendas y caminos, mientras decenas de familias miraban cómo perdían parte de su patrimonio y otras sintieron, por primera vez, que su vida corría peligro, recuerda Juan Nazario Couoh, representante de la cooperativa Tiburón.
Daño incalculable
Jorge Novelo López, jefe de área de la Secretaría de Desarrollo Sustentable estatal, señala que fue entonces cuando la comunidad comenzó a comprender la importancia de estos ecosistemas, pues su desaparición significa un riesgo para un país vulnerable a ciclones cada vez más intensos.
A la fecha, dice, es difícil calcular la extensión que sufrió daños en la región. El último diagnóstico de la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (Conabio) revela que la Península de Yucatán –integrada por esta entidad, Campeche y Quintana Roo–concentra 60 por ciento de las 905 mil hectáreas de manglar del país.
En el caso de Yucatán, la superficie de este ecosistema pasó de 98 mil 756 hectáreas en 1981 a 96 mil 873 en 2020, indican las cifras.
La Jornada hizo un recorrido por el sitio rehabilitado en Chabihau, donde los manglares emergen entre la ciénaga con sus raíces nudosas, que llegan a medir 20 metros de altura, y abundantes hojas. De aguas poco profundas, vegetación herbácea y superficie lodosa, el humedal se ha convertido en una “guardería” de diversas especies.
El trabajo comunitario comenzó en 1999 y abarca un espacio de 20 hectáreas, aunque la intervención se ha hecho en puntos específicos para sembrar mangles, aclara Novelo López.
Habitantes y especialistas destacan que la conservación de los ojos de agua, que son manantiales de agua dulce, ha sido clave para disminuir las condiciones extremas de salinidad, recuperar el equilibrio del manglar y favorecer la reproducción de peces, camarones, lagartos y aves, como los flamencos.
Para ello también construyeron bordos de contención llamados tarquinas, acondicionados con hojas de palma y diseñados para elevar el nivel del terreno, lo que permite la reforestación con plántulas de manglar y su oxigenación.
Los pobladores afirman que la técnica ha sido exitosa, ya que además de facilitar la dispersión de semillas, la vegetación se regenera de manera natural en otras áreas aledañas. Actualmente crecen distintas especies, entre ellas mangles blancos, rojos y negros.
Ahora, confían en fortalecer la conservación con el proyecto de financiamiento para la permanencia Herencia Maya, impulsado por el Fondo Mundial para la Naturaleza, que cuenta con 20 millones de dólares para resguardar 11 áreas naturales protegidas en la entidad. Entre las primeras acciones previstas está la conformación de cuerpos comunitarios y la contratación de guardabosques.
Nazario Couoh ha vivido desde los 8 años de edad en este lugar; actualmente tiene 61 y ha sido testigo de la transformación de este ecosistema. Destaca que los manglares se han convertido en una protección para las familias ante la llegada de huracanes, pues “nos ayuda a que el viento ya no nos pegue tan fuerte”.
Explica que la cooperativa resguarda una zona de alrededor de 300 metros cuadrados de mangles, al igual que otros habitantes también cuidan de otras áreas. “Para nosotros significa todo”, dice orgulloso mientras observa la vegetación que recobró vida.
Nayda Cruz Moo, representante del grupo comunitario de restauración, advierte que han tenido que hacer frente al robo de recursos marinos por parte de “personas que vienen a la medianoche, pescan lo que van a llevar y lo demás lo tiran a la orilla”, denuncia.
Para los habitantes, que subsisten de trabajos eventuales o venta de comida, el proyecto representa una esperanza económica. Aunque ya comienzan a pescar algunas especies como chivita, camarón y jaiba, lo hacen de una manera racional. Gran parte de las labores de conservación las hacen sin paga. “Ingresos para la comunidad no hay”, reconocen.
Por ello, los pobladores proyectan desarrollar un modelo de ecoturismo y formar un corredor entre los manglares, a fin de que esta actividad les permita obtener ingresos sin dañar lo que durante tres décadas recuperaron.
